Ni tinto ni rosado
El vino que estuvo a punto de desaparecer, de vuelta a la mesa de Castilla.
Descúbrelo ↓El clarete
Se elabora mezclando uva tinta y blanca, que fermentan juntas y maceran con las pieles, como un tinto. De ahí su rojo cereza, su cuerpo y una acidez fresca.
Fue el vino de diario de Castilla —Cigales, el Duero, Aranda—, el que acompañaba al lechazo. Casi desaparece con la moda del rosado pálido; hoy vuelve, y en Traspi es el vino de la casa.

El clarete no se hace mezclando vino tinto y blanco, sino mezclando la uva y sangrando el mosto tras una noche con las pieles. Este es el camino, tal y como se hace en la tierra del clarete.
Uva tinta y blanca de las mismas viñas viejas.
Se estruja toda la uva junta y el mosto duerme una noche con los hollejos: ahí toma el color.
Al amanecer se abre la canilla y el mosto sale por su propio peso, ya cereza. Fermenta solo, sin los hollejos: por eso es fresco y no un tinto.
Una crianza corta que le da redondez sin taparlo.
El lechazo asado —graso, tostado, tierno— pide equilibrio, ligereza y frescura; no le va un vino con exceso de madera ni de extracción. Ahí el clarete es el punto medio exacto.
Tapa la carne con su madera y su fuerza.
Se pasaFruta y acidez para cortar la grasa; cuerpo para aguantar la brasa.
El punto medioRefresca, pero se queda corto ante el asado.
Se queda cortoNo es casualidad: es el vino que estas tierras de asado llevan siglos poniendo en la mesa.
Acidez viva que despierta el paladar y aguanta la brasa.
Del aperitivo al asado: cae bien con casi toda la carta.
Más color y cuerpo que un rosado; se bebe con gusto.
Un trozo de historia de Castilla, recuperado.